El formato burbuja se impone: entre la necesidad del baile y la presión por controlar desbandes

Casi un año después de que se comenzara a barajar la posibilidad de implementar las burbujas sociales en los shows de música y así el público pudiera desenvolverse en algo más parecido a la vieja normalidad, el formato parece empezar a consolidarse en la noche cordobesa por diferentes factores.

Hay que decirlo: hasta que se concretó el primer paso con el show de Ulises Bueno en Plaza de la Música como prueba piloto hace algunas semanas, se vivieron momentos de mucha zozobra e incertidumbre por el comportamiento del público.

Cuando la cuestión sanitaria empezó a aflojar un poco, llegó la reapertura de bares y salas de música en vivo y, con ella, la gran necesidad del público, sobre todo de los más jóvenes, de encontrarse con sus artistas favoritos y poder participar en otros eventos que, en muchos casos, implicaron siempre el baile y el movimiento de los cuerpos.

Enseguida comenzaron las fricciones entre esa necesidad y la exigencia de cumplir los protocolos: era previsible que los protocolos en “bailes” de cuarteto y fiestas o discotecas en formato bar (con mesas y sillas) iban a ser muy difíciles de garantizar.

En el formato burbuja se resigna un poco de convocatoria pero es gana en tranquilidad. Aquí, la prueba piloto de Ulises en Plaza de la Música. Foto: La Voz.

La presión de parte del público y el stress de los organizadores y dueños de los locales por mantener el orden, algo que también se contagió a los artistas, se convirtió en moneda corriente en la noche cordobesa.

Y claro, los desbandes de la gente que no se aguanta sentada todo un recital o toda una fiesta comenzaron a sucederse todos los fines de semana en diferentes grados y momentos. Aunque en general no se han registrado hechos de gravedad, si se instaló una costumbre preocupante en algunos lugares: en el final de cada show o espectáculo, el público deja sus mesas y se amontona cerca del escenario.

Como esas personas están consumiendo bebidas, no llevan barbijo puesto, por lo que la situación se vuelve aún más riesgosa para la salud de los presentes. A raíz de este comportamiento, algunos artistas hasta dejaron de anunciar que se venía el último tema para evitar el desbande, otros optaron por repetir varias veces que permanecieran sentados en sus lugares. Lo cierto es que, por momentos, la convivencia entre público y seguridad se vuelve insostenible.

Luego, es cuestión de que se viralice alguna imagen y la polémica queda servida. En muchos casos, el protocolo se cumple durante casi todo el espectáculo, pero un desbande en el final tira todo el esfuerzo por la borda.

“Nos preocupaba que se venía generando mucha tensión entre el público, la seguridad y la Policía en los últimos bailes y espectáculos, sobre todo en los tramos finales de cada show. Ahora se sintió como un gran alivio” comentaba Julio Suárez, director de Espectáculos Públicos de la Municipalidad, tras la mencionada prueba piloto con Ulises.

Después de esa experiencia que todos los involucrados evaluaron como muy positiva, varios de los salones con más capacidad optaron por la modalidad “burbuja” con los corralitos marcados con sogas o vallas y distanciados por un metro y medio entre sí.

Las presentaciones de Dale Que Va en Sociedad Belgrano (tres bailes a “puertas cerradas”), Cachumba en Plaza de la Música y Ulises en Estadio del Centro funcionaron correctamente según confirma el propio Suárez a VOS.

“Es muy alentador. Ahora esperamos que el COE habilite los protocolos con este formato para salones de fiestas y discotecas”, advirtió el funcionario, si bien reconoció que todavía hay algunos detalles que pulir y apeló a la responsabilidad individual de los productores y asistentes.

También se sumó Damián Córdoba, quien en su regreso realizó dos shows en Forja, en lo que fueron los eventos más convocantes hasta aquí: casi 2600 personas por noche, en un reducto que antes de la pandemia tenía capacidad para 9800.

En esa sala, la más grande de la ciudad, también se produjo el regreso de la música electrónica en un evento de Buenas Noches Producciones y las “burbujas” también pasaron la prueba. De hecho, ya se anunció una nueva edición de Open Life para el sábado 25 de este mes.

Sin embargo, no todo lo que brilla es oro. Algunos productores y empresarios advirtieron que al reducirse la capacidad con respecto al formato bar por la distancia que tienen que garantizar los corralitos, este modalidad es menos rentable, sobre todo en los lugares no tan grandes. Uno de los que alzó la voz en ese sentido fue Emeterio Farías, aunque finalmente en Atenas, uno de los clubes que maneja, Q Lokura sí se presentó con “burbujas”.

Realidades y lo que viene

Lo concreto es que la mayoría de los grandes espacios priorizó resignar convocatoria y ganar tranquilidad. En ese mismo aspecto, un lugar como Club Paraguay que estuvo en la mira por algunos desbordes en las últimas fiestas Bresh, adelantó que tiene la intención de migrar hacia las “burbujas”, por lo menos en las fiestas.

“Es una realidad que estamos transitando y hubo momentos en que se nos fue de las manos. Estamos esperando que se pueda habilitar el formato para un establecimiento como el nuestro”, le reconoció a VOS uno de los encargados de la sala, considerada de mediana convocatoria y por ende con una habilitación diferente.

“A nadie le gusta no poder trabajar tranquilo, porque la gente presiona para poder pararse y hay que contratar una barbaridad de personal de seguridad para contener eso. Y si se desbanda nos acusan que lo permitimos cuando no es así”, agrega.

En tanto, Suárez advierte sobre las actas que se labraron en los últimos fines de semana en diferentes discotecas, con multas que rondan los 100 mil pesos. “Está la voluntad de acompañar al sector, pero a veces hay situaciones insostenibles. Entendemos que es agotador para los organizadores”, admite y también se muestra optimista para lo que viene.

“Si la situación sanitaria sigue acompañando, podríamos pensar en ampliar la capacidad de cada burbuja”, aventura sobre el límite que actualmente es de 10 personas.

El desafío es que habrá que encontrar un fino equilibrio entre la flexibilización de los protocolos, las posibilidades de cada espacio y una realidad muy concreta que ocurre todos los fines de semana, nos guste o no: la gente quiere bailar y moverse después de tantas restricciones.

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